10ª jornada: 16 y 17 junio 2008

Los mejores recuerdos de un viaje están siempre ligados a un lugar, una sensación, una atmósfera. Nos movemos sobre todo para embriagarnos de emociones. Queremos estar bien con nosotros mismos y con nuestro entorno. Aprender, aprehender y conocernos a nosotros mismos a través de los demás. Por lo tanto, el lugar tiene que ser una prolongación física y espiritual del viajero, un estímulo inteligente en la toma de decisión sobre estas preguntas básicas: ¿de dónde venimos?, ¿adónde vamos?, ¿merece la pena el desplazamiento?
Con estas reflexiones, el director comercial de Bancotel, Rafael Moreno, abrió el pasado 23 de junio un nuevo encuentro de hoteleros y expertos en turismo en La Ruina Habitada , mi residencia en el norte de Palencia. Estas Jornadas de Arquitectura Hotelera iban precedidas de otro encuentro de arquitectos y diseñadores que se celebró en el mismo lugar dos días antes con la intención de suscitar un debate sobre las relaciones entre promotores y arquitectos en la ejecución de un proyecto inmobiliario. Con el fin de anticipar tendencias y analizar los comportamientos del turismo y su influencia sobre el diseño de hoteles, el arquitecto Jesús Castillo Oli orientó la visita a La Ruina Habitada como una propuesta paradigmática de lo que debía ser una provechosa relación promotor-arquitecto en aras de un feliz proyecto.
¿Por qué buscamos tanto la tecnología cuando nos agarramos al volante? ¿Por qué encendemos el aparato de aire acondicionado cuando hace calor en nuestras casas? ¿Por qué nos hemos comprado todos el último grito en monitores de televisión, el LCD, el HD Ready, el iMac o el iPod?, se preguntó durante el debate el arquitecto. Toda esta curiosidad moderna por el gadget tecnológico se vuelve conservadurismo a la hora de plantearnos el lugar donde residir, el hotel donde pasar unas vacaciones. Queremos lo de siempre. No aspiramos a conducir la carreta, pero sí a manejar los grifos de nuestro cuarto de baño como si viviéramos en el siglo XIX.
La arquitectura con mayúsculas no estriba en falsear nuestra imagen del arte con una reconstrucción historicista sin rigor técnico ni inspiración ideológica. Es un axioma repetido en estos encuentros de La Ruina Habitada: hacerse construir un hotel del siglo XVIII en la actualidad es una catetada. Toda intervención arquitectónica debe ser actual, contemporánea al arquitecto, con los materiales y formas de su tiempo. Lo contrario se aparta del sentido común, ya sea en un edificio de nueva planta como en uno histórico necesitado de renovación o cambio de uso. Así lo señaló el autor de La Ruina Habitada y director de los programas de recuperación patrimonial de la Fundación del Románico, para quien el último trabajo de su colega el arquitecto suizo Peter Zumthor en Colonia resume como pocos el pálpito emocional de esta arquitectura de los sentidos. La rehabilitación de la iglesia de St. Kolumba , en Colonia, y su reconversión en el Museo Diocesano de la ciudad, parte de la conceptualización del espacio gótico creado en ese templo y su reinterpretación actual que lo hace habitable sin pérdida de su esencialidad gótica. Cuando uno ve la altura de los muros y percibe el tratamiento de la luz natural filtrada a través de la fachada sur del edificio no le cabe la menor duda de que sigue siendo un edificio gótico. Sólo que el gótico de hoy no toma las formas ya usadas en el gótico de ayer. ¿Qué quiere diseñar Zumthor cuando afronta la idea de conservar el carácter gótico de esta iglesia? La elevación del espíritu -la altura del edificio- y el elogio de las sombras -el filtro de la luz natural en la textura de sus muros-, no la ojiva medieval como expresión tectónica. La idea antes que la forma.
En La Ruina Habitada lo pobre se hace bello, asintió Jesús Puelles, propietario del hotel-bodega Puelles, en la localidad riojana de Ábalos. Su acondicionamiento arquitectónico no ha sido precisamente un ejemplo de lo visto, como reconoció su autor, pues en difícil inspirarse en un edificio histórico y resulta que muchos de los edificios de Ábalos fueron construidos en el siglo XVII. Lo fácil ha sido siempre copiar, seguir la tradición.
O pensar que así se sigue la tradición... Como seguramente pensamos que nuestra lengua es la castellana, sin añadir que el romance ya no se habla, es idioma obsoleto, cuesta trabajo entenderlo, resulta incómodo de practicar y, además, es anacrónico como modo de expresión en el siglo XXI. Ahora nos comunicamos en un español moderno, cruce de varios léxicos -latino, árabe, germánico- orquestados en una sinfonía común mejor adaptada a las necesidades de nuestro tiempo. Porque cuando nos referimos a la tradición se nos escapa precisar de qué siglo. En La Rioja no siempre hubo palacios, mansiones o iglesias del siglo XVII. Anteriores a ellos estuvieron los dólmenes. Incluso la no arquitectura. ¿No es eso también lo tradicional?
Los hoteles, más que ningún otro espacio, deben ofrecer a sus clientes la sorpresa, imaginación a raudales y alta provocación de los sentidos. Luz, formas, texturas, materiales... Sensaciones, emociones, espiritualidad... Con este catecismo, el director del grupo hotelero Palafox , Gonzalo Gurriarán, quiso subrayar lo percibido en la visita a La Ruina Habitada y su certeza de que acabará siendo una verdadera escuela de empresarios hoteleros. Hay arquitectos con visión de futuro, dijo, pero topan con empresarios que se aferran a las ideas y formas del pasado. Claro que la rentabilidad de un proyecto determina sus pautas de ejecución, pero el motor de los viajes hoy es suscitar emociones. Antes eran los turoperadores habituales -Tui, Thomson, Neckerman- los canales que daban viabilidad al hotel, incluso quienes financiaban su construcción. Ahora le toca al hotelero salir a buscar los clientes donde los haya con una estrategia de mercado muy definida por suscitar en él todo tipo de emociones y percepciones sensoriales.
Los jóvenes de hoy no necesitan tanto como sus padres el salir de viaje. Ya viajan, y bastante, por todo el planeta Internet. Si se les quiere sacar de sus casas habrá que inventarse el modo: imaginación y talento, hedonismo y cultura.
Ángelo Cambero, dueño de un Relais & Châteaux encumbrado por su buena cocina en pleno Camino de Santiago, lo tiene así de claro: yo tengo un hotel de modos, no de modas. Y en ello es preciso un buen derroche de imaginación. Por ejemplo, las bodas. Nadie mejor que el artífice del hotel El Peregrino para explicar cómo está cambiando el negocio hotelero de los enlaces matrimoniales, cada vez más reducidas en número de convidados y en la forma de su celebración. Hemos cambiado aquí la liturgia de las bodas con un escenario hotelero más apropiado para la doble ceremonia: una, minoritaria, en un ámbito estrictamente familiar; y la otra, mayoritaria, para los amigos de los contrayentes. Se exige un escenario distinto al tradicional y más imaginación que antes, sobre todo porque la liturgia religiosa ha de tener también un correspondiente civil.
En el futuro, el hotel especializado en bodas deberá ser el templo civil de las bodas con un espacio más hedonista que el religioso y una liturgia de esponsales adyacente al bodorrio clásico en el salón de banquetes.
Y no sólo casamientos religiosos cristianos, apostilló Gurriarán. En Zaragoza crece el número de bodas chinas con su particular liturgia y escenario, fruto de la importante comunicad china que habita la ciudad: unos 4.000 o 5.000, según la última estadística.
Modificar el espacio en que vivimos es primordial si queremos ofrecer hoteles al gusto de unos viajeros procedentes de otros lugares con otros deseos y otras necesidades culturales. Pero no siempre los arquitectos que diseñan los espacios del futuro están a la altura que se espera de ellos, subrayó Carmen Sánchez Capuchino, propietaria del hotel El Cocherón 1919 , en Aranjuez. A veces, los arquitectos modernos cometen desaguisados como el de la entrada a este Real Sitio, en la comunidad de Madrid. Es cierto, reconoció Jesús Castillo, y en palabras de Frank Lloyd Wright: los médicos entierran sus errores, pero los arquitectos no.
Todas las obras habría que empezarlas una vez que se hubieran acabado, ironizó Eduardo Ollé. El director de los paradores de Segovia y La Granja, en la misma provincia, abogó por la rentabilidad, la ergonomía y el confort mobiliario en el diseño de alojamientos turísticos, las tres claves imprescindibles del negocio de la hospitalidad. Y reconoció que en muchos paradores se dilapida muchos recursos y comodidad por parte de los huéspedes en el apagado y encendido de las luces en la habitación, pues no han sido diseñados con la debida inteligencia por parte de sus arquitectos.
Pero los arquitectos no siempre hacen lo que quieren, sino lo que les dejan los hoteleros, criticó la ex directora de la Posada de Santa María la Real, Arancha Moroso. Es necesario, pues, una connivencia entre el promotor y su arquitecto, como ha sido demostrado en La Ruina Habitada. Cuando esto sucede llega el milagro. Que un viajero acostumbrado a pagar 40 euros por una noche de hotel quiera estirarse el bolsillo hasta los 200 o 400 euros si está seguro de vivir una experiencia única, irrepetible.
Hay que analizar al detalle sobre qué vías se produce este acercamiento entre el promotor y el arquitecto, pues yo como hotelero no elijo a mi cliente, terció Juan Ignacio Pérez, propietario de El Privilegio de Tena , a punto también de abrir otro establecimiento “de modos” en Barbastro (Huesca). No nos podemos permitir la queja por parte de nuestros huéspedes de que ese espacio tan vanguardista resulta incómodo, subrayó su esposa, Anabel Costas. Hay clientes que se han llegado a quejar por la entrada de una mosca en la habitación sin considerar que nuestro hotel vive en la montaña y, por tanto expuesto a la inclemencia de la montaña. Es muy difícil así tomar riesgos en el diseño. Un porcentaje de la clientela no acepta innovaciones en su estancia.
La respuesta vino enseguida del director de la Pesquería del Tambre, Jorge Mejuto: nuestros huéspedes saben muy bien, porque se lo hemos informado en el momento de la reserva, que éste es un hotel de naturaleza y que pueden entran lagartijas porque el escenario de una antigua central eléctrica a orillas del río Tambre ha condicionado ineludiblemente la arquitectura del hotel. La fábrica fue diseñada por el gallego Antonio Palacios, autor del Palacio de las Comunicaciones, frente a la Cibeles madrileña. La clientela de un hotel debe saber dónde va a parar. Qué le espera en este lugar. Y que dichos inconvenientes pueden transformarse en alicientes, pues la magia de un paisaje así proporciona a ciertas personas un disfrute mayor que el confort de la vida en la gran ciudad.
A veces soñamos únicamente con un sofá y un libro para disfrutar de la tarde en el parador, adujo Eduardo Ollé. A priori parece que la clientela valora los metros cuadrados, pero luego te das cuenta de que van buscando ese algo más que en ocasiones es la amplitud, el volumen, y otras veces la capacidad de sorprender con lo que tienes. Claro, porque los mejores espacios son aquellos que nunca habrías imaginado construir, sentenció Castillo Oli. El norteamericano Lloyd Wright jugaba con las diagonales para crear ilusiones ópticas, perspectivas, líneas de fuga que ensanchaban los espacios. No es necesario tener espacio, sino ganarlo. Y añadió lugo Gurriarán: en el hotel Costes, de París, las habitaciones son muy pequeñas (no es extraño al precio del metro cuadrado en la capital francesa), por lo que su atractivo no reside en el tamaño, sino en la sensación espacial a fuerza de sobredecorarlas. Así que las estrellas, el estar sujeto a la clasificación hotelera oficial, son el recurso de los hoteles de poca monta. Finalizó la tertulia el director comercial de Bancotel, Rafael Moreno, con el relato de su experiencia en Dubai: sentí mayor emoción en los olores de la calle -especiados, dulzones o fétidos- que en la aséptica pulcritud de los hoteles de siete estrellas. Sí, el Burj Al Arab puede llamar la atención en la foto con su perfil vélico, su helidromo y su restaurante subacuático, pero lo que más recuerdo de mi estancia allí fue el crepúsculo en aquel desierto, el color del mar, el sabor del aire... Los promotores viven en una horterada supina porque creen que los viajeros son unos horteras. Y no. Éramos muchos los que sentimos aquellos días el polvo de la arena, el olor del camello, el dulzor de los dátiles. Tuve la sensación de estar en una alfombra voladora. Como cuando viajé al Amazonas: vivías en la selva porque el hotel estaba colgado de los árboles. ¡Cuánta emoción!
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